En Matrix, el déjà vu es un fallo en la constancia perceptiva del sistema que permite reconocer las reglas arbitrarias que regulan el mundo y la terrible verdad oculta tras la alegre libertad de los inconscientes personajes: la reducción del individuo a un papel pasivo e instrumentalizado al servicio de Matrix. No es que me entusiasme “el film”, pero me resulta muy sugerente esa imagen tan posmoderna del déjà vu, como error de continuidad, como un fallo en el sistema que, al final, nos termina mostrando los hilos en el manejo de la realidad. Eso es lo primero que me vino a la cabeza cuando comencé a ver los productos artísticos del PAC, un auténtico déjà vu artístico, una nueva vuelta de tuerca sobre lo ya conocido en la que se nos ha presentado un conocido catálogo de nuevos artistas jóvenes que hacen lo mismo que los viejos artistas jóvenes hicieron hace décadas.
No me parece nada interesante la fascinación que Lara Almarcegui siente ante el hecho de que su montaña de escombros “en su volumen sean iguales a lo que fue la casa antes de su construcción y a lo que será tras su demolición”, especialmente en una región en la que estamos muy acostumbrados a que cada demolición suponga un incremento de volumen construido muy superior al original. No considero que la transferencia personal que Juan Cruz realiza en el Museo de Santa Clara pueda revestir un interés más allá de la anécdota, ni me seduce el voluntario renuncio a la realidad que Paul Noble o Cypriem Gaillard realizan, en una nueva revisión de le dimanche de la vie; los canes pompeyanos de Allan McCollum ya pude contemplarlos en su galería madrileña a principio de los 90, y no creo que sea una de sus mejores obras; tampoco me parecen especialmente sugerentes los agujeros povera de Diego Perrone ni las vacaciones mineras de Abraham Poincheval y Laurent Tixador que constatan la siempre delgada línea existente entre el arte, la terapia personal y el juego intrascendente, ejemplos todos de un modelo recuperado de accionismo, desposeído de la naturaleza transformadora de los sesenta. Podríamos hablar de casi, y digo casi, cada uno de los veinte artistas invitados, pero no quiero dejar de comentar en último lugar, y por su verdadero interés, la “investigación” sobre las diferentes formas de corrupción empresarial, económica y política que Mark Lombardi emplea como herramienta de carga crítica, política y social. Sin embargo, soy de la opinión de que debería haberla contextualizado en nuestra región, donde tenemos mucha materia prima y de muy buena calidad: eso hubiera contribuido a generar dinámicas reales que “permitan una proyección del contexto cultural murciano”, como señala el propio PAC en su presentación, porque la corrupción aquí forma parte, sin duda, del contexto cultural.
Ya nos lo enseñó Foucault, en toda buena taxonomía arqueológica no sólo importa lo que aparece, lo que se cuenta y se dice, sino lo que falta. Y cuando lo que falta se oculta y se silencia, lo ocultado y silenciado, puede resultar atronador para oídos educados y curiosos. El PAC se ha presentado como un “museo sin paredes”, algo que tampoco es nuevo, un museo contemporáneo –el de los “estratos”- que desde hace mucho está en ruinas, un museo como esos vascos, valencianos o leoneses, pero sin “site specific”, un museo en el que más que exponer se consagra, pero no a las obras y los autores que en él se encierran, sino a quienes desde la atalaya del poder “los manejan”. En el ritual de la consagración de la mismidad, el PAC consagra a PAC, como fenómeno de exposición no artística sino espectacular, un fenómeno de exposición de una imagen-espectáculo megalómana,“diseñada” por una empresa de comunicación cultural (un ejemplo más de lo que llamaba Paul Virilio la primacía de la comunicación sobre el sentido), que aparece así como auténtica “proveedora de iconicidad”. Pero nada hay que ver en esta imagen, ni verdad ni ficción, nada hay que mirar en ella, pues lo visto ya lo habíamos visto y la indiferencia que nos provoca nace precisamente de esta sensación sorda que provoca todo lo ya visto.
Y lo más sorprendente es que muy pocos se han atrevido a levantar la voz: lo decía el pobre Montiel desde su perplejidad, nadie critica a nadie, nadie tiene que defender a nadie, a fin de cuentas, parece ser que, como dice Ángel González en una cita recogida en un texto publicado por CENDEAC, “todos están de acuerdo en lo que importa: que se hable de arte para no hablar así de lo que importa”.
LOS DATOS
Qué es el PAC: Un Proyecto de Arte Contemporáneo que se celebrará en Murcia cada dos años.
- Primera edición: Estratos. Del 24 de enero al 31 de marzo del 2008.
- Comisario: Nicolás Bourriaud
- Coordinador: Carlos Urroz.
- Presupuesto: 1.200.000 euros.
- Participan: Diego Perrone, Lara Almarcegui, Mark Dion, Jimmie Durham, Paulina Olowska, Eve Sussman, Joachim Koester, Cyprien Gaillard, Bleda y Rosa, Bernd & Hilla Becher, Ilana Halperin, Mark Lombardi, Allan Mc Collum, Paul Noble, Abraham Poincheval & Laurent Tixador, Marjetica Potrc, George Scheneider.
- Sedes: Centro Párraga, Espacio AV, Museo de Bellas Artes, San Esteban, Verónicas, Filmoteca Regional Cendeac y espacios públicos.





2 comentarios:
¿Es una alucinación mía o lo de PAC es por las iniciales del nombre del consejero? Podría ser, ¿no? Este nene va de estrellita así que... ¡Qué pasote!
Eso es lo mismo que hizo Gil con su partido GIL. No hay nada como tener el ego más gordo que el cerebro.
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