Sábado 3 de mayo."Intensos enfrentamientos en Ciudad Sáder". "Un hombre inspecciona una ambulancia destrozada tras los combates". Miro la fotografía. Una ambulancia, semienterrada entre enormes bloques de barro, piedras y tierra, es inspeccionada por un individuo de tez y pelo morenos que viste ropa deportiva negra. La puerta del conductor combada hacia el interior está salpicada de cientos de pequeños agujeritos negros. La intensidad física y estructural con que Zizek defendía sus ideas esa misma tarde en el SOS 4.8 sabe a poco y el pacifismo neoanarquista expuesto por Critchley resulta un tanto naif. Ni siquiera el humor con el que compensaron ambos la impotencia de sus palabras llega a diluir el efecto de la imagen en mi retina.
Terrorismo contra el Imperio. Terrorismo por el Imperio. Los conflictos de fundamentación religiosa, como el ejercido por Al Qaeda, representan un nihilismo trascendental que choca radicalmente con el nihilismo inmanente y superficial que caracteriza a nuestra sociedad de consumo occidental. En cada atentado hay toda una puesta en cuestión de occidente y sus vacuos valores. Pero estas muertes, inocentes como todas las que se producen y se van a producir en los miles de microconflictos territoriales, no son apenas sino una simple disrupción en comparación con el efecto global que va a provocar el terrorismo capitalista y que denominamos eufemísticamente cambio climático. Es esta catástrofe ecológica la que merodeaba nuestras conciencias mientras escuchábamos discursos elitistas en torno a la sostenibilidad y a sus posibilidades éticas y políticas en este nuevo encuentro cultural: la voz de la universidad en la casa del amo, que diría Lacan. Porque es ante esta catástrofe inevitable ante la que tenemos la convicción de que no queda espacio para el ataque ni la defensa. Podemos afirmar que por vez primera en la Historia no hay lugar para las estrategias globales ni espacio para el diseño de movimientos tácticos en el nuevo campo de batalla. Por primera vez en la Historia no tenemos progreso técnico ni militar que pueda compensar el desproporcionado nivel de fuerzas existente entre las fuerzas incontrolables que puede desatar un planeta enfermo contra los seres que lo habitan. Las fantasías comunes que refieren la posibilidad de que la ciencia, esa que ha permitido nuestro progreso, descubra una fuente inagotable y no contaminante de energía que permita mantener y extender nuestro depredador sistema de vida, me recuerda a las populares ilusiones berlinesas que, bajo el estruendo de los bombardeos británicos, alimentaban la esperanza de que Hitler guardaba una potentísima arma secreta para acabar con los aliados. Una vez más, como en otros contextos finiseculares, la inconsciencia ante lo inevitable de la derrota resulta manipulada por un poder político, extremadamente militarizado, que parece gozar de la contemplación del infinito.
Efectivamente, el neoliberalismo militar citado por Critchley, perfectamente instalado en este sistema capitalista de hiperconsumo, como dice Lipovetsky, no ha devenido triunfante por casualidad. Es un par que, mediante su más íntima vinculación, pretende garantizar su estabilidad mutua. Pero el ejército, como diría el General Cluseret, “es un desconocido en la ecuación social del cual no podemos fiarnos” y sus ambiciones y deseos son, como dice Clausewitz, independientes de los intereses sociales y políticos del conjunto social, por ello podemos afirmar que como “fenómeno en busca de la realización de su esencia absoluta” esta aparente complementariedad en el abismo climático al que nos conduce el hiperconsumo capitalista, no es sino una ficción: por vez primera en la Historia, tenemos que reconocer que el interés por lo absoluto, que ha caracterizado siempre a la clase militar, no sólo no sirve como conjuración de pulsiones revolucionarias, sino que por el contrario, puede resultar un interesante factor de incertidumbre e inestabilidad.
Guerra y catástrofe humanitaria ya no tienen porqué ir de la mano. Revolución y guerra tampoco. Ya no es de temer una Tercera Guerra Mundial, como en la época del enfrentamiento de bloques, ni es posible organizar una Revolución que pueda transformar las estructuras de poder. Sin embargo nadie, salvo el cínico o el estúpido, duda que estemos en fin anunciado de nuestra civilización, un fin ante el que no serían útiles los instrumentos de control, poder o subversión válidos en el viejo siglo XX.
Haría falta recuperar aquella frase de 1971, en la que Guy Debord decía que la “contaminación” estaba de moda de la misma manera que la “revolución”, para reconocer, dándole un pequeño giro, que sólo cierto tipo de revolución nos puede librar del caos planetario anunciado. Es la vieja consciencia, a la vuelta de cuarenta años, de la imposibilidad de que “el capitalismo siga funcionando” mucho más tiempo. El mismo desarrollo técnico que ha permitido la degeneración y la decadencia es el que nos brinda ahora toda la información necesaria para que, sin que tenga que mediar hipótesis alguna, se pueda atestiguar el camino del progresivo deterioro de las posibilidades materiales de nuestra existencia: cientos de equipos científicos por todo el mundo, sondas estratosféricas, incluso sofisticados aparatos que flotan en torno al planeta, analizan y computan el nivel de contaminación de nuestro aire, el agujero de la capa de ozono, el nivel de deshielo de los polos, la contaminación de nuestros mares y ríos, el desproporcionado e insostenible crecimiento urbano, la desaparición de los bosques y selvas. Tenemos perfectamente sondeado el nivel de extensión del mal que aqueja a la Tierra. Podemos computar, clasificar y ordenar los tiempos, los modos y las especies sobre las que va a incidir la catástrofe. Incluso somos científicamente conscientes de lo que haría falta hacer para comenzar la curación antes de entrar en una etapa paliativa. Sin embargo, nos consideramos incapaces de hacer nada objetivo y computable que pueda en verdad frenar la caída: todo porque nuestra incapacidad social para cambiar nuestro hábitos de vida y consumo es sólo comparable a nuestra incapacidad personal para dejar de fumar o desprendernos de esos kilos que nos sobran.
¿Qué hacer? Esta es la pregunta que se han hecho los cuatro filósofos visitantes en SOS 4.8 (Acción Artística Sostenible). Ante el límite de la vida en la era del vacio, dibujado brillantemente por Lipovetsky, nos han ofrecido la reivindicación leninista del “conflicto” realizada (eso sí, en voz muy baja) por Vattimo como motor dialéctico de una resistencia necesaria para sobrevivir a las grandes manipulaciones, o como Critchley que nos ha hablado de la necesidad de una movilización anarco-liberal y pacifista de determinados grupos militantes que, en una suerte de nuevo mesianismo político y ético, deben remover la conciencia de la masa social. Este nuevo llamamiento a la necesidad de activar formas de conflictivización social y política es compartido, aunque de un modo dialécticamente inverso, por Zizek que mostrando una suma desconfianza hacia la esperanza de transformación espontánea de las estructuras formales de nuestra sociedad, propone el empleo dinámico de una microviolencia “ética” para, al menos, permitir, en el espacio existente entre la política institucional y los movimientos sociales, la generación de las condiciones de posibilidad del cambio: una repetición de Lenin, pero precisamente en aquello que no consiguió, en sus oportunidades erradas.
Desde nuestro punto de vista estas conclusiones traducen el error de concepción que acerca de lo inevitable, sus dependencias y sus resistencias presenta la propuesta de SOS 4.8. Ninguno de ellos, no sabemos si por corrección política, por el efecto perverso de la buena educación o por un simple insuficiencia crítica provocada por el talonario, ha puesto en cuestión el banal principio de sostenibilidad defendido por la propuesta. Pensemos que si frente al “poder policial-militar del Estado Post-burgués” hace 30 años los grupos de extrema izquierda europeos (Brigadas Rojas, Baaden Meinhof, etc.) transformaron por desesperación la posibilidad de la defensa popular y la revolución socialista en una nueva forma de terrorismo político, provocando que el Estado diseñara una vacuna todavía imperante: la doctrina de la seguridad y la defensa nacional; en la actualidad, frente al desesperado activismo ecologista y político que centra su motivo de reivindicación en la transformación de las estructuras productivas, sociales y políticas que contribuyen al llamado cambio climático, los diferentes cuerpos administrativos del estado (incluso los dedicadas a la alta cultura), indistintamente de su color político, se han inventado el estúpido concepto de la “sostenibilidad” y lo emplean institucionalmente para hacernos creer que es posible gestionar de modo “sostenible” el anunciado fin del mundo, conjurando así el miedo e incrementando, de paso, los niveles de control social (y nos quedan décadas de escuchar el término). Cuando esta idea de la sostenibilidad viene acompañada de otros términos igual de banales y se atreven a hablar de Acción Artística (en un campo cultural de absoluta institucionalización sistémica) lo ridículo de la propuesta política se vuelve esperpento cultural.
LOS DATOS
Qué es SOS 4.8: Un Proyecto de Acción Artística Sostenible que se celebra en el municipio de Murcia y que con una duración de 48 horas ininterrumpidas combina conciertos, conferencias y exposiciones.
- Organización: Consejería de Cultura de la RM, Murcia-Cultural, LM-Legal Music.
- Coordinador: Pedro Alberto Cruz
- Presupuesto: 1.900.000 euros.
- Sedes: Auditorio de Murcia, recinto de La Fica.
- Participan: Chemical Brothers, Jeff Mills, Rufus Wainwright, Ángel Molina, Digitalism, Fisherspooner, Fangoria, Nancys Rubias, The Cabriolets y The Pinker Tones. Gilles Lipovetsky, Gianni Vattimo, Slavoj Zizeck, Simon Critchley y con la presencia del arquitecto y urbanista Miguel Ruano.