14.5.08

La piratería como forma de resistencia contracultural

En 1969 el sociólogo Alain Touraine afirmaba en su texto La Sociedad Postindustrial que en el nuevo cambio epocal post-sesentayochista la dominación social adoptaría dos formas principales: en primer lugar, la integración social, es decir, la completa identificación de los objetivos sociales con los objetivos productivos y económicos. Esta integración permitiría que la fuerza productiva, los trabajadores y trabajadoras, tradicional motor de transformación política en los dos últimos siglos, ya no fuera simple fuerza de trabajo y fuente principal de consumo, sino además, parte vinculante del mismo a través de sus formas de organización sindical, social y política (es decir, lo que actualmente se reconoce como condición necesaria para "la paz social"). En segundo lugar, la dominación social adoptaría la forma de la manipulación cultural pues los intereses económicos no estarían ya situados de modo exclusivo en el campo de la producción de bienes y objetos, sino también en el del consumo de los mismos, especialmente en sus capítulos de educación y ocio, es decir, de bienes culturales. A estas dos formas de manipulación e integración habría que unir la reflexión debordiana en torno al papel que en la sociedad del espectáculo cumpliría la seducción icónica para poder afirmar que no es necesario que resulte evidente la miseria, el fanatismo, la falta de democracia o el sometimiento de la gente a un férreo control policial-militar para certificar la existencia de unas veraces condiciones sociales de dominación y de alienación: bastaría con certificar cierto nivel de integración social de las organizaciones de trabajadores y trabajadoras, hasta su desactivación como fuerzas de transformación política, así como la existencia de prácticas comunicativas de masas que empleen la seducción psicológica y manipulación cultural propia de la sociedad espectacular.

En este sentido, y sin que pueda rebatirse el alto grado de integración y seducción en el que se encuentra inmersa la actual sociedad de consumo, tendremos que reconocer que el único ámbito de acción crítica con posibilidades de proponerse como espacio de resistencia es el cultural. Resulta especialmente significativo que recientemente el Presidente Sarkozy haya manifestado su voluntad de “enterrar mayo del 68”, porque fue precisamente entonces cuando en el sector no suficientemente organizado de la producción cultural -altamente individualizado pero de un fundamental simbolismo social- donde cristalizaron los movimientos de más clara voluntad transformadora y donde, aún hoy, se mantiene una cierta potencialidad de pensamiento crítico. Sarkozy, como el resto de responsables políticos de Occidente, son conscientes de que el grado de integración de los partidos socialistas y comunistas así como de todos sindicatos, aún los más obreristas, hace inviable que inicien ningún movimiento social y político de transformación real de las condiciones de producción, consumo y vida. Sólo las organizaciones empresariales disponen en la actualidad de ese poder. Nuestra principal responsabilidad es la de encontrar aquellos ámbitos de la producción y el consumo en los que se pueda escapar a la lógica de la dominación o, al menos, subvertirla, para que se pueda iniciar el trabajo de generación de nuevas posibilidades políticas y sociales.

¿Pero no resulta naif considerar que la intelectualidad y el mundo del arte y la cultura puede resistir ante el avance de la integración sistémica en el actual momento de máxima manipulación cultural que se produce en la sociedad del espectáculo? ¿No es verdad que no existe campo de la creación cultural que no se encuentre ya inmersa en los espacios integrados de producción cultural? ¿Existe alguna intencionalidad artística o cultural que trascienda la propia lógica autoafirmativa del espectáculo?

Debord, Baudrillard, Lipovestky o Virilio, por citar filósofos contemporáneos, nos han certificado que los conflictos sociales e individuales actuales no tienen lugar exclusivamente en el terreno inmediato de la producción de bienes, ni siquiera culturales, cuanto en el terreno de la seducción icónica y, por tanto, específicamente en el terreno del consumo cultural. Por ello, y no siendo sino una obviedad palmaria el que hoy en día nadie espera que sean atacadas las fábricas o que las huelgas obreras puedan paralizar una producción, queremos señalar que una de las ideas cotidianas más transgresoras dentro de las propuestas de resistencia contracultural y uno de los últimos espacios de ataque a la propiedad privada es el de la piratería cultural. Nada de conflictivizar los medios de producción, nada de ataques a los medios de distribución, desde esta concepción la única vía para una resistencia anarquista y colectiva es desmantelar el consumo cultural. Por ello resulta adecuada la convicción común del movimiento contracultural de considerar que a través de la piratería de los productos culturales (películas, música, videojuegos, software, etc.) se puede lograr que las clases intelectuales y culturales se replanteen su papel social y se cuestionen su nivel de integración sistémica, obligándose a buscar otras vías alternativas de difusión y comunicación cultural distintas a las del mercado: como señala la Tesis 188 de La Sociedad del Espectáculo "La grandeza del arte no comienza a aparecer sino con el crepúsculo de la vida" y es en esta sociedad crepuscular, llena de viejos sesentayochistas, cuando es posible que una creación desvinculada del pesado lastre del mercado puede reaparecer con toda su fuerza e ilusión, superando las limitaciones mezquinas de la insuficiencia moral para recuperar el valor de la Historia de la Cultura y el sentido lúdico del paso tiempo.

Entre las actitudes comunes nos encontramos con el rechazo del cánon digital, fotocopiar los libros o escanearlos y distribuirlos digitalmente, el uso de licencias abiertas, boicotear los actos culturales y artísticos que supongan transacciones económicas, la no asistencia a los conciertos y espectáculos en directo promovidos por empresas de producción cultural, el empleo masivo del mp3 y mp4, las huelgas de asistencia al cine, etc... y todo ello para conseguir que la contestación cultural se convierta en la vanguardia de los futuros conflictos ecológicos, sociales y políticos hasta que las condiciones de posibilidad para el cambio sean objetivas.

6.5.08

Posibilidades para la resistencia social y ecológica: una reflexión sobre SOS 4.8.

Sábado 3 de mayo."Intensos enfrentamientos en Ciudad Sáder". "Un hombre inspecciona una ambulancia destrozada tras los combates". Miro la fotografía. Una ambulancia, semienterrada entre enormes bloques de barro, piedras y tierra, es inspeccionada por un individuo de tez y pelo morenos que viste ropa deportiva negra. La puerta del conductor combada hacia el interior está salpicada de cientos de pequeños agujeritos negros. La intensidad física y estructural con que Zizek defendía sus ideas esa misma tarde en el SOS 4.8 sabe a poco y el pacifismo neoanarquista expuesto por Critchley resulta un tanto naif. Ni siquiera el humor con el que compensaron ambos la impotencia de sus palabras llega a diluir el efecto de la imagen en mi retina.

Terrorismo contra el Imperio. Terrorismo por el Imperio. Los conflictos de fundamentación religiosa, como el ejercido por Al Qaeda, representan un nihilismo trascendental que choca radicalmente con el nihilismo inmanente y superficial que caracteriza a nuestra sociedad de consumo occidental. En cada atentado hay toda una puesta en cuestión de occidente y sus vacuos valores. Pero estas muertes, inocentes como todas las que se producen y se van a producir en los miles de microconflictos territoriales, no son apenas sino una simple disrupción en comparación con el efecto global que va a provocar el terrorismo capitalista y que denominamos eufemísticamente cambio climático. Es esta catástrofe ecológica la que merodeaba nuestras conciencias mientras escuchábamos discursos elitistas en torno a la sostenibilidad y a sus posibilidades éticas y políticas en este nuevo encuentro cultural: la voz de la universidad en la casa del amo, que diría Lacan. Porque es ante esta catástrofe inevitable ante la que tenemos la convicción de que no queda espacio para el ataque ni la defensa. Podemos afirmar que por vez primera en la Historia no hay lugar para las estrategias globales ni espacio para el diseño de movimientos tácticos en el nuevo campo de batalla. Por primera vez en la Historia no tenemos progreso técnico ni militar que pueda compensar el desproporcionado nivel de fuerzas existente entre las fuerzas incontrolables que puede desatar un planeta enfermo contra los seres que lo habitan. Las fantasías comunes que refieren la posibilidad de que la ciencia, esa que ha permitido nuestro progreso, descubra una fuente inagotable y no contaminante de energía que permita mantener y extender nuestro depredador sistema de vida, me recuerda a las populares ilusiones berlinesas que, bajo el estruendo de los bombardeos británicos, alimentaban la esperanza de que Hitler guardaba una potentísima arma secreta para acabar con los aliados. Una vez más, como en otros contextos finiseculares, la inconsciencia ante lo inevitable de la derrota resulta manipulada por un poder político, extremadamente militarizado, que parece gozar de la contemplación del infinito.

Efectivamente, el neoliberalismo militar citado por Critchley, perfectamente instalado en este sistema capitalista de hiperconsumo, como dice Lipovetsky, no ha devenido triunfante por casualidad. Es un par que, mediante su más íntima vinculación, pretende garantizar su estabilidad mutua. Pero el ejército, como diría el General Cluseret, “es un desconocido en la ecuación social del cual no podemos fiarnos” y sus ambiciones y deseos son, como dice Clausewitz, independientes de los intereses sociales y políticos del conjunto social, por ello podemos afirmar que como “fenómeno en busca de la realización de su esencia absoluta” esta aparente complementariedad en el abismo climático al que nos conduce el hiperconsumo capitalista, no es sino una ficción: por vez primera en la Historia, tenemos que reconocer que el interés por lo absoluto, que ha caracterizado siempre a la clase militar, no sólo no sirve como conjuración de pulsiones revolucionarias, sino que por el contrario, puede resultar un interesante factor de incertidumbre e inestabilidad.

Guerra y catástrofe humanitaria ya no tienen porqué ir de la mano. Revolución y guerra tampoco. Ya no es de temer una Tercera Guerra Mundial, como en la época del enfrentamiento de bloques, ni es posible organizar una Revolución que pueda transformar las estructuras de poder. Sin embargo nadie, salvo el cínico o el estúpido, duda que estemos en fin anunciado de nuestra civilización, un fin ante el que no serían útiles los instrumentos de control, poder o subversión válidos en el viejo siglo XX.

Haría falta recuperar aquella frase de 1971, en la que Guy Debord decía que la “contaminación” estaba de moda de la misma manera que la “revolución”, para reconocer, dándole un pequeño giro, que sólo cierto tipo de revolución nos puede librar del caos planetario anunciado. Es la vieja consciencia, a la vuelta de cuarenta años, de la imposibilidad de que “el capitalismo siga funcionando” mucho más tiempo. El mismo desarrollo técnico que ha permitido la degeneración y la decadencia es el que nos brinda ahora toda la información necesaria para que, sin que tenga que mediar hipótesis alguna, se pueda atestiguar el camino del progresivo deterioro de las posibilidades materiales de nuestra existencia: cientos de equipos científicos por todo el mundo, sondas estratosféricas, incluso sofisticados aparatos que flotan en torno al planeta, analizan y computan el nivel de contaminación de nuestro aire, el agujero de la capa de ozono, el nivel de deshielo de los polos, la contaminación de nuestros mares y ríos, el desproporcionado e insostenible crecimiento urbano, la desaparición de los bosques y selvas. Tenemos perfectamente sondeado el nivel de extensión del mal que aqueja a la Tierra. Podemos computar, clasificar y ordenar los tiempos, los modos y las especies sobre las que va a incidir la catástrofe. Incluso somos científicamente conscientes de lo que haría falta hacer para comenzar la curación antes de entrar en una etapa paliativa. Sin embargo, nos consideramos incapaces de hacer nada objetivo y computable que pueda en verdad frenar la caída: todo porque nuestra incapacidad social para cambiar nuestro hábitos de vida y consumo es sólo comparable a nuestra incapacidad personal para dejar de fumar o desprendernos de esos kilos que nos sobran.

¿Qué hacer? Esta es la pregunta que se han hecho los cuatro filósofos visitantes en SOS 4.8 (Acción Artística Sostenible). Ante el límite de la vida en la era del vacio, dibujado brillantemente por Lipovetsky, nos han ofrecido la reivindicación leninista del “conflicto” realizada (eso sí, en voz muy baja) por Vattimo como motor dialéctico de una resistencia necesaria para sobrevivir a las grandes manipulaciones, o como Critchley que nos ha hablado de la necesidad de una movilización anarco-liberal y pacifista de determinados grupos militantes que, en una suerte de nuevo mesianismo político y ético, deben remover la conciencia de la masa social. Este nuevo llamamiento a la necesidad de activar formas de conflictivización social y política es compartido, aunque de un modo dialécticamente inverso, por Zizek que mostrando una suma desconfianza hacia la esperanza de transformación espontánea de las estructuras formales de nuestra sociedad, propone el empleo dinámico de una microviolencia “ética” para, al menos, permitir, en el espacio existente entre la política institucional y los movimientos sociales, la generación de las condiciones de posibilidad del cambio: una repetición de Lenin, pero precisamente en aquello que no consiguió, en sus oportunidades erradas.

Desde nuestro punto de vista estas conclusiones traducen el error de concepción que acerca de lo inevitable, sus dependencias y sus resistencias presenta la propuesta de SOS 4.8. Ninguno de ellos, no sabemos si por corrección política, por el efecto perverso de la buena educación o por un simple insuficiencia crítica provocada por el talonario, ha puesto en cuestión el banal principio de sostenibilidad defendido por la propuesta. Pensemos que si frente al “poder policial-militar del Estado Post-burgués” hace 30 años los grupos de extrema izquierda europeos (Brigadas Rojas, Baaden Meinhof, etc.) transformaron por desesperación la posibilidad de la defensa popular y la revolución socialista en una nueva forma de terrorismo político, provocando que el Estado diseñara una vacuna todavía imperante: la doctrina de la seguridad y la defensa nacional; en la actualidad, frente al desesperado activismo ecologista y político que centra su motivo de reivindicación en la transformación de las estructuras productivas, sociales y políticas que contribuyen al llamado cambio climático, los diferentes cuerpos administrativos del estado (incluso los dedicadas a la alta cultura), indistintamente de su color político, se han inventado el estúpido concepto de la “sostenibilidad” y lo emplean institucionalmente para hacernos creer que es posible gestionar de modo “sostenible” el anunciado fin del mundo, conjurando así el miedo e incrementando, de paso, los niveles de control social (y nos quedan décadas de escuchar el término). Cuando esta idea de la sostenibilidad viene acompañada de otros términos igual de banales y se atreven a hablar de Acción Artística (en un campo cultural de absoluta institucionalización sistémica) lo ridículo de la propuesta política se vuelve esperpento cultural.

LOS DATOS
Qué es SOS 4.8: Un Proyecto de Acción Artística Sostenible que se celebra en el municipio de Murcia y que con una duración de 48 horas ininterrumpidas combina conciertos, conferencias y exposiciones.
- Organización: Consejería de Cultura de la RM, Murcia-Cultural, LM-Legal Music.
- Coordinador: Pedro Alberto Cruz
- Presupuesto: 1.900.000 euros.
- Sedes: Auditorio de Murcia, recinto de La Fica.
- Participan:
Chemical Brothers, Jeff Mills, Rufus Wainwright, Ángel Molina, Digitalism, Fisherspooner, Fangoria, Nancys Rubias, The Cabriolets y The Pinker Tones. Gilles Lipovetsky, Gianni Vattimo, Slavoj Zizeck, Simon Critchley y con la presencia del arquitecto y urbanista Miguel Ruano.

5.5.08

Contra-Cool-tura

Leo una de esas notas del “Diario de un Consejero”-en un periódico regional- en la que el referido señor glosa el "homenaje" que se había dado visionando La Sociedad del Espectáculo, de Guy Debord. Me sorprende cómo coincidiendo tanto en gustos éstos nos produzcen efectos tan dispares: lo que para PAC es puro placer, a mí me produce cierto estupor. Ya lo decía el mismo Guy, en 1988, cuando diferenciaba, entre los pocos que lo entendían, a quienes se dedicaban a defender el sistema de dominación espectacular y quienes, permítanme, nos obstinamos en hacer todo lo contrario. Hoy, cuando el frío invierno cesa y conforme nos alejamos de la estufa apagada de la cultura del acrónimo, tan de los años 20, el Sr. Consejero quiere que volvamos la mirada a las tendencias frescas de la primavera, en una suerte de remember sixty, para que nuestro SOS, que ya no es más PAC, sea más cool.

Si muchos reconocemos en la permanente crisis de la cultura burguesa una imagen de ese cuadro de descomposición de las viejas superestructuras culturales. Si muchos todavía creemos en que hay que llevar a su destrucción extrema a todas las formas de pseudo-comunicación cultural y profundizar en una comunicación más real, situacionista diría Guy, con objeto de convertir el arte en una organización directa de las sensaciones superiores, para, recuperando la máxima beuysiana de “todo hombre un artista”, retomar la labor de producirnos a nosotros mismos y abandonar el empeño secular de crear cosas que nos esclavizan y nos estorban… entonces viene nuestro Consejero del ramo y nos dice que la revolución cool-tural, esta temporada, la hace él.

No cabe duda que el Sr. Cruz, quizá por su inclinación francófila, representa muy bien a nivel regional esa imposición de lo espectacular integrado que definía nuestro admirado Guy como el fin de la división del trabajo: un historiador del arte que se mete a gobernar la cultura para colocar a ambas fuera de la ley, en la más pura clandestinidad, volviéndolas invisibles por exceso de exposición. El Sr. Cruz se ha convertido en el auténtico Polaris de la mirada, consiguiendo que su brillo tecnológico, la eficacia de su gestión, su capacidad para generar una paradójica sorpresa previsible y su habilidad para ofrecer, en un presente continuo, como nuevo lo viejo, oculte la mediocridad opaca que impera en gran parte del arte y la cultura contemporáneas, no sólo regionales, sino nacionales e, incluso, internacionales.

Y si la “industrialización” del arte y de la mirada del espectador, son un hecho consumado en el mundo occidental, su “institucionalización espec(ta)ular” en nuestra región está tomando el personalismo propio de un régimen. Las propuestas de nuestro PAC-SOS-Cool-Cruz no buscan sino una organización absoluta de nuestra experiencia cultural cotidiana, ofreciéndonos sus contrarios como si fueran parte de su propia naturaleza: la exclusión y el sectarismo se nos propone como el mejor ejemplo de la apertura y la transparencia, el más férreo dirigismo toma el rostro de la espontaneidad, la imposición toma la forma de la participación y la mirada más autocrática se nos aparece como la más bella manifestación de la democracia y la creación libre. De este modo, y sin darnos cuenta, sabiendo que el espectáculo acaba provocando tolerancia, las montañas de escombros y la abundancia de Ces formarán parte de nuestro paisaje cotidiano distrayéndonos de la única rebelión posible: la rebelión contra esta particular espectacularización de la sociedad murciana que afecta a la política, a la ética y, como no, a la estética.

Sr. Cruz, la auténtica creatividad de nuestra época está muy lejos de eso que oficialmente se reconoce como “arte” y, desde luego, más lejos si cabe de esa atalaya del poder cultural que usted ostenta. Por eso, si se empeña en seguir secuestrando la cultura como producto humano, crítico y de pensamiento, y continúa promocionando el conformismo social y político, recreando formas de estetización difusa de nuestra vida cotidiana, con el aparente único objetivo de teatralizar una ilusoria “autorevolución” permanente, ha de saber que siempre va a tener en frente a algunos de los pocos que entendemos, de verdad, la lógica interna de su lenguaje: frente a usted tendrá siempre vivo el movimiento contra-cool-tural.

PAC, déjà vu

En Matrix, el déjà vu es un fallo en la constancia perceptiva del sistema que permite reconocer las reglas arbitrarias que regulan el mundo y la terrible verdad oculta tras la alegre libertad de los inconscientes personajes: la reducción del individuo a un papel pasivo e instrumentalizado al servicio de Matrix. No es que me entusiasme “el film”, pero me resulta muy sugerente esa imagen tan posmoderna del déjà vu, como error de continuidad, como un fallo en el sistema que, al final, nos termina mostrando los hilos en el manejo de la realidad. Eso es lo primero que me vino a la cabeza cuando comencé a ver los productos artísticos del PAC, un auténtico déjà vu artístico, una nueva vuelta de tuerca sobre lo ya conocido en la que se nos ha presentado un conocido catálogo de nuevos artistas jóvenes que hacen lo mismo que los viejos artistas jóvenes hicieron hace décadas.

No me parece nada interesante la fascinación que Lara Almarcegui siente ante el hecho de que su montaña de escombros “en su volumen sean iguales a lo que fue la casa antes de su construcción y a lo que será tras su demolición”, especialmente en una región en la que estamos muy acostumbrados a que cada demolición suponga un incremento de volumen construido muy superior al original. No considero que la transferencia personal que Juan Cruz realiza en el Museo de Santa Clara pueda revestir un interés más allá de la anécdota, ni me seduce el voluntario renuncio a la realidad que Paul Noble o Cypriem Gaillard realizan, en una nueva revisión de le dimanche de la vie; los canes pompeyanos de Allan McCollum ya pude contemplarlos en su galería madrileña a principio de los 90, y no creo que sea una de sus mejores obras; tampoco me parecen especialmente sugerentes los agujeros povera de Diego Perrone ni las vacaciones mineras de Abraham Poincheval y Laurent Tixador que constatan la siempre delgada línea existente entre el arte, la terapia personal y el juego intrascendente, ejemplos todos de un modelo recuperado de accionismo, desposeído de la naturaleza transformadora de los sesenta. Podríamos hablar de casi, y digo casi, cada uno de los veinte artistas invitados, pero no quiero dejar de comentar en último lugar, y por su verdadero interés, la “investigación” sobre las diferentes formas de corrupción empresarial, económica y política que Mark Lombardi emplea como herramienta de carga crítica, política y social. Sin embargo, soy de la opinión de que debería haberla contextualizado en nuestra región, donde tenemos mucha materia prima y de muy buena calidad: eso hubiera contribuido a generar dinámicas reales que “permitan una proyección del contexto cultural murciano”, como señala el propio PAC en su presentación, porque la corrupción aquí forma parte, sin duda, del contexto cultural.

Ya nos lo enseñó Foucault, en toda buena taxonomía arqueológica no sólo importa lo que aparece, lo que se cuenta y se dice, sino lo que falta. Y cuando lo que falta se oculta y se silencia, lo ocultado y silenciado, puede resultar atronador para oídos educados y curiosos. El PAC se ha presentado como un “museo sin paredes”, algo que tampoco es nuevo, un museo contemporáneo –el de los “estratos”- que desde hace mucho está en ruinas, un museo como esos vascos, valencianos o leoneses, pero sin “site specific”, un museo en el que más que exponer se consagra, pero no a las obras y los autores que en él se encierran, sino a quienes desde la atalaya del poder “los manejan”. En el ritual de la consagración de la mismidad, el PAC consagra a PAC, como fenómeno de exposición no artística sino espectacular, un fenómeno de exposición de una imagen-espectáculo megalómana,“diseñada” por una empresa de comunicación cultural (un ejemplo más de lo que llamaba Paul Virilio la primacía de la comunicación sobre el sentido), que aparece así como auténtica “proveedora de iconicidad”. Pero nada hay que ver en esta imagen, ni verdad ni ficción, nada hay que mirar en ella, pues lo visto ya lo habíamos visto y la indiferencia que nos provoca nace precisamente de esta sensación sorda que provoca todo lo ya visto.

Y lo más sorprendente es que muy pocos se han atrevido a levantar la voz: lo decía el pobre Montiel desde su perplejidad, nadie critica a nadie, nadie tiene que defender a nadie, a fin de cuentas, parece ser que, como dice Ángel González en una cita recogida en un texto publicado por CENDEAC, “todos están de acuerdo en lo que importa: que se hable de arte para no hablar así de lo que importa”.

LOS DATOS
Qué es el PAC: Un Proyecto de Arte Contemporáneo que se celebrará en Murcia cada dos años.
- Primera edición: Estratos. Del 24 de enero al 31 de marzo del 2008.
- Comisario: Nicolás Bourriaud
- Coordinador: Carlos Urroz.
- Presupuesto: 1.200.000 euros.
- Participan: Diego Perrone, Lara Almarcegui, Mark Dion, Jimmie Durham, Paulina Olowska, Eve Sussman, Joachim Koester, Cyprien Gaillard, Bleda y Rosa, Bernd & Hilla Becher, Ilana Halperin, Mark Lombardi, Allan Mc Collum, Paul Noble, Abraham Poincheval & Laurent Tixador, Marjetica Potrc, George Scheneider.
- Sedes: Centro Párraga, Espacio AV, Museo de Bellas Artes, San Esteban, Verónicas, Filmoteca Regional Cendeac y espacios públicos.